Se quebró por el lado más fácil
y me dolió como lo más díficil.
Por la idea, por la idiotez, por la palabra de más,
por la caída del plano, por la subida del cielo,
por el alcohol.
Meto la cabeza en la tierra
no quiero asomarme a ver nada;
siento como la muerte caminándome cerca,
y despertarse,
con las manos solas,
con las cosas mierdas.
Con tanto dolor adentro que no puedo ni decirlo,
con el estallido de la cabeza que esquirla en partes que lastiman,
que matan con frenesí y sin medir
sin especular en mostrar el verdadero monstruo
el verdadero horror, el escenario primitivo,
la ceniza del que se quema vivo
aún a sabiendas de no gritar
pereciendo, ahí, entre humo y sopor
y nada hay
no tengo nada de nada
no tengo nada de nada.
Y es injusto,
es terriblemente injusto,
porque me llevé puesto lo que amo.
Porque entendí que amo a mi horrible forma
porque soy bestia de un solo lazo.
Y entonces,
la asfixia ésta, de ansiedad y miedo,
el llanto éste, de cueva enloquecida
con los minutos que nunca pasan
con los mensajes que nunca llegan
con este animal odioso
sin ese sol que se veía hasta de noche
sin esa lluvia que me invitó a esquivar charquitos
sin esa persona que era yo
inhabitado, vacío, y sorprendido por mi propio odio.
No sé cuál es el nombre de mi enfermedad
ni sé cuál es el nombre de mi demonio
sé que supura una herida vieja,
como con sangre y pus
permanentemente ahí
y desde siempre.
En el recuerdo bloqueado de mis estructuras,
en las profundidades de mis más horrorosos dolores,
en mis segmentaciones de espanto
ahí, donde mi odio me odia.
En ese lugar donde vomito siempre sangre
y entonces, llegar a la paz,
es imposible.
Creo haberme matado a mí mismo
creo haberme perdido el amor de mi vida.
roto
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